Ubicada 45 kilómetros al sureste de Chiclayo, en medio de una campiña siempre fértil, Santiago de Miraflores de Zaña es una ciudad de fundación hispánica cuya pujanza social y económica se hizo sentir con fuerza en la costa norte hasta su arruinamiento por la trágica inundación de 1720s.

Zaña era sede de un corregimiento y residencia de linajudos y ricos hacendados. De ese viejo esplendor han quedado sólo algunas portadas, bóvedas, galerías y muros de conventos e iglesias, que -diseminados entre el follaje agrícola- constituyen una muestra extraordinaria de «arquitectura detenida» y llaman la atención de los visitantes. 
poblado, fundado en 1563 y concebido originalmente como un modesto núcleo humano a mitad del camino entre Piura y Trujillo, ganó pronto en importancia merced a su producción de legumbres, trigo, algarrobo y azúcar y a su dinámica manufactura de cueros y jabón. En virtud de la admirable factura de sus casas, construidas con patios, jardines y azulejos, la ciudad mereció el sobrenombre de Sevilla del Perú. Para rentabilizar los cultivos de caña de azúcar se importó mano de obra africana en grandes cantidades, y la región de Zaña resultó un emporio notable de esclavos.

La presencia masiva de trabajadores de raza negra es muy importante para entender la vida cotidiana, las costumbres, el folclor, que se labró en esta población. Y es que la concentración de gentes oriundas del África, al amparo de unas condiciones morales bastante laxas, permitió el mantenimiento de sus ritos tradicionales, música y fiestas, contribuyendo a brindar a Zaña la imagen de «capital disipada del Norte», lugar de despilfarro, desórdenes y escándalos. Así es que la vena popular atribuye la destrucción de la ciudad a una suerte de castigo divino...



Lo históricamente cierto es que el fenómeno El Niño perturbó la costa norteña durante el verano de 1720 con fuertes lluvias, truenos y rayos, y halló en esta población su momento culminante cuando el río contiguo salió de su cauce y entró con feroz ímpetu y abundancia por todas las calles. Vanos fueron los intentos emprendidos para trasladar o reimplantar el vecindario español: no permanecieron en este sitio más que los trabajadores de origen africano y los humildes peones yungas, que se unieron para conformar una nueva población, algo más distanciada del río.

Muy poco de aquella opulenta historia es compartido por los actuales moradores de Zaña -cabeza de distrito con 11.500 habitantes-, que llevan una menesterosa existencia en las faldas del cerro La Horca, bautizado así porque en uno de sus flancos había un cadalso donde decenas de esclavos fueron ejecutados. Los negros formaban la mayor parte de la población a finales del siglo XVIII, ya producida la ruina y la dispersión de los vecinos españoles. La cultura legada por los esclavos africanos constituye parte fundamental de la tradición del pueblo zañero; esta se traduce de un lado en sus famosos dulces, como son las cocadas, naranjas rellenas, membrillos y dátiles confitados..


Pero en lo que más destaca el legado cultural africano es en sus bailes y en su tradición oral. Hacia la época de la Independencia, el lundú traído del continente negro se había «acriollado», dando origen a la zaña y más tarde al tondero, género que resulta de un proceso de intensas migraciones y préstamos interculturales. En lo que se refiere a usos lingüísticos, actualmente las coplas y las décimas -hispánicas en su raíz, pero acondicionadas en su forma y contenido- poseen en Zaña numerosos cultores, tanto jóvenes como mayores: uno de estos últimos es Hildebrando Briones, quien ha publicado una recopilación de sus mejores creaciones en décima a lo largo de treinta años. Es muy interesante referir aquí a la cumanana o contrapunto entre decimistas, una de las tradiciones que se manejan en este lugar con especial habilidad.


Recogiendo la versiones orales de los zañeros de hoy, se ha podido reconstruir el trabajo esclavizado de los negros, los castigos que sufrían los rebeldes y las intensas luchas por la justicia social que han librado sus descendientes. En las creaciones populares de la gente zañera anida la protesta y refulge la esperanza. Así lo manifiestan, por ejemplo, estos versos: "Quisiera cruzar el río / sin que me sienta la arena, / ponerle grillos al mar / y a las injusticias cadenas...".

Autor: Teodoro Hampe Martínez
Fuente: Revista Bienvenida